martes, 6 de septiembre de 2011

Smiles

Sam era un niño feliz. Vivía en una pequeña casa del Bronx, en Nueva York, con su querida mamá y su hermano Jake. Mamá trabajaba de noche en un sitio que, por lo visto, olía a algo que Jake llamaba "whisky de mierda" y te daban "sucias propinas" si te portabas bien. Volvía muy tarde, acompañada cada noche de un hombre diferente a quien Sam llamaba papá para ver si alguno respondía. Pero siempre le miraban con desdén y se encerraban con mamá en su cuarto. Luego él se iba y no volvía, y mamá encendía un cigarrillo y fumaba en la cocina. Mucho más tarde llegaba Jake, gritaba a mamá, ella le abofeteaba y, como siempre, Jake se encerraba en su cuarto, donde Sam seguía despierto, aplastaba unos polvitos blancos con una tarjeta y los hacía desaparecer con un tubito. Le decía:

-Sammy, cierra los ojos- Y cuando el pequeño obedecía y los abría al rato, ya no quedaba nada y su querido hermano mayor dormía tranquilo tirado en la cama.

Además, por el día, Sam siempre estaba solo y veía la televisión a todas horas, jugaba tanto como quería y paseaba por la carretera con su peluche favorito: el perrito Smiles. Pero un día, un camión atropeyó a Sam cuando jugaba en la calle y, por la noche, cuando mamá y Jake llegaron a casa, sólo les esperaba una triste escena de paramédicos y policía y los restos de tela y algodón que quedaban de Smiles.

No obstante, en algún  lugar, alguien puso alas al pequeño Sam, y ahora es realmente feliz, ya que sigue cuidando de mamá y Jake desde allá donde está.

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