sábado, 14 de enero de 2012

Gatito.

Un dulce gatito era el que se metió entre los rosales. Sólo quería esconderse del perro malo que le ladraba, y no se dio cuenta del peligo. El escaso y tupido pelaje gris apenas le protegía ante el ataque de las espinas, y sus ojos de ámbar comenzaban a lagrimear.
Tembloroso, el felino se acurrucó en un claro del bosque que le suponía el rosal, y abrió bien los oídos al escuchar un leve murmullo. Como bien dicen, la curiosidad mató al gato, pero en este caso, sólo le ayudó a salir de su escondrijo. Gateó arrastrando la tripita peluda por el césped, arañándose el cuerpecito con el malvado arbusto, hasta que vio un haz de luz y se detuvo a observar. Sólo era Michelle. La pequeña Michelle, su joven amita envuelta en uno de sus pomposos vestidos más propios del siglo XIX que del XXI, que se arrodillaba y murmuraba su nombre:
-¡Midnight! ¡Midnight!
El gatito, con ímpetu, saltó desde su escondrijo y se retorció de alegría en el regazo de su dueña, quien le tocaba preocupada y llorosa las heridas.
Por muy duro que sea el camino, siempre puede encontrarse un haz de luz.

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