viernes, 22 de junio de 2012

Amor animi arbitrio sumitur, non ponitur.


Sólo era una niña, pero tú la enseñaste a amar. La enseñaste a abrazarte por las noches y a besarte por las mañanas, a contarte sus secretos y a escuchar los tuyos propios. Y entonces conseguiste lo que querías. Una nueva mujer a la que no conocías pero que a tus ojos lucía mejor que alguien que se había entregado a ti. Enhorabuena, le rompiste el corazón, nunca volvió a confiar en el amor, dejó de creer en sí misma y se dedicó por entero a tratar de olvidarte. Sin éxito. 

Llegado un momento, la recordaste, echaste de menos aquel amor tan puro y dulce y te sentiste culpable, pero por suerte todo acabó. El dolor la mató una noche mientras se bañaba, aquella cuchilla parecía tan hermosa y brillante a la luz de la luna... El rojo de su sangre tiñó el agua y su sufrimiento acabó, tú suspiraste tranquilo por primera vez en tres años y viviste rodeado de mujeres sucias e impuras, casi tanto como tú.

Mas la solución fue inefectiva, pues su alma siguió vagando sollozante por la que una vez fue su casa, esperando alguna forma de curar una herida tan profunda.

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