viernes, 22 de junio de 2012

Burning blood.

La sangre que corría por el interior de sus venas ardía cada vez que recordaba tus ojos de gata. Pestañeaba para disipar las lágrimas que se formaban ante tu recuerdo, brillante espejismo en la oscuridad de su cuarto. Había dejado las clases por no verte, todo rastro de él desapareció de las redes sociales, incluso había colocado pestillo y mirilla en la puerta de su dormitorio, pues sabía que a ojos de sus padres seguías siendo su encantadora futura nuera, juiciosa y alegre. Zorra es la palabra que mejor te define.

No, no te lo tomes como un insulto. Las zorras son lo suficientemente astutas como para disparar hirientes puñaladas traperas y seguir pareciendo inocentes, son increíbles actrices sobre un escenario llamado vida, donde una máscara de amabilidad angelical esconde a la sucia concubina de Satanás que jugará con todo cuanto tenga entre las manos. No es una ofensa, sólo una caracterización.

"Te amo" siempre fueron tus palabras favoritas. Especialmente la noche en que le convenciste para perder la virginidad "juntos". Parece que la tuya se había perdido antes, ¿cuándo fue? Ah, sí, con aquel macarra de instituto, con pasta, moto y sin cerebro, mientras él se dejaba los sesos en preparar los exámenes finales. Pero él te siguió queriendo. Te sonreía cada mañana, después de pasar las noches llorando contra su almohada, deseando ser lo suficientemente bueno para ti, a pesar de que siempre estuvo por encima de tus posibilidades.

Ahora yace sobre la cama, incapaz de cerrar unos ojos que ya se han secado y no tienen más lágrimas que derramar. Apretó los dientes, sintiéndose como un completo imbécil, porque cree que como tú nadie le querrá jamás. Cree que es demasiado imperfecto como para que alguien lo quiera, y no se da cuenta de que lo único que ha hecho mal ha sido entregarle su corazón de sangre ardiente a una muñeca de porcelana, hecha de polvo de ángel, llena de nada.

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