martes, 7 de agosto de 2012

Fin de la route.

Como cada noche, abrumada por la resplandeciente Selene, me encojo sobre mi misma, sentada en la silla del escritorio, y dejo que mis temblorosas manos dibujen y perfilen un sinfín de frases con la esperanza de recobrar la cordura algún día.

Dejo la ventana abierta para que esta noche todos mis demonios vuelvan a casa en forma de tétricos murciélagos. Revolotearán, coordinados, en una espiral veloz como el rayo, y formarán un tierno manto tejido por los orbes de la noche, se cernirán sobre mi cuerpo débil e inutilizado, y me darán el abrazo que tanto llevo esperando. Sus chillidos inundarán mis oídos, sus suaves cuerpos confortarán la piel fría que esconde mi marchito corazón. Con sus alas, secarán mis lágrimas y me recostarán sobre estos papeles, donde tan afligida escribo mis últimos pensamientos. No hay sino una gran turbulencia en mis palabras, escritas con tinta sangrienta, y no hay lugar para la coherencia entre letra y letra.

Las alas turbias del tiempo me guían lejos de mi pergamino, pero no consiguen que suelte mi pluma. Finas lágrimas nacen a modo de despedida. Cientos de murciélagos me acogen en su seno, me recuerdan quién soy yo y cuáles son mis pecados, me precipitan por la ventana y se ríen de mi cuerpecito inerte, empapado por la fría lluvia. En la luna distingo la cruel sonrisa de Tánatos, que lleva desde antaño deseando acunarme entre sus brazos. 

Llevo las manos a mis ojos, carentes de brillo o color, y descubro que mis pequeños demonios han olvidado dejar sobre los muertos párpados una pareja de áureos dragmas con los que pagar al barquero. ¿Qué haré ahora, oh, Perséfone? ¿Puedes verme desde tu trono infernal? Ya nunca cruzaré la laguna, y vagaré eternamente con la macabra sinfonía de los murciélagos sonando en mi inconsciente. Que cante la divina Perséfone mi espectral danza, pues a sus ojos no seré nunca más que un bufón que sacia su incansable aburrimiento. Este es el fin de mi camino.



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