miércoles, 5 de diciembre de 2012

La curiosidad mató al gato

Las serpenteantes sombras de los casi mil años que tenían aquellas calles se ciernen sobre el merodeador nocturno. Escudado por su gruesa gabardina beige, corre con la espalda rozando la pétrea pared que cerca el terreno donde se ha erigido el palacete. Todavía recorre su cuerpo la sensación de que alguien le observa desde la distancia, agazapado entre los matorrales o expectante desde la esquina. Sacude la cabeza y se deshace de sus sospechas, no hay tiempo que perder.

Aquel libro tan antiguo le había dado la clave. Sin duda, había sido un golpe de suerte que su fallecido tío le hubiese dejado como herencia su amplia colección de libros; de otro modo, nunca hubiese descubierto el gran secreto que la familia Smirnov ocultaba desde hacía tanto. 

Atraviesa los metros ajardinados que le separan de la ventana oportunamente abierta, la oscuridad es su manto protector en la silenciosa noche. Su cuerpo se desliza ágil y silencioso como el de un gato a través del ventanal abierto por descuido. Su respiración se acelera conforme se acerca al corazón de la mansión y la luz se vuelve cada vez más tenue. 


Entonces, una luz. No es más un suave resplandor encapuchado, único foco de brillo en una sala casi abismal. Recuerda el merodeador que un pequeño encendedor dormita en el bolsillo de sus vaqueros, así que decide utilizarlo para mirar dónde se encuentra.

Mil y un candelabros cobran vida en la ciclópea estancia, permitiendo al intruso identificar lo que, para su asombro, es una biblioteca. Más de ocho pisos que se hunden hacia el Hades, con escalera en turbia espiral en el centro de la estancia, dejando un hueco central a través del cual observar la magnificencia del lugar. Las paredes no son más que estantes abarrotados de ejemplares encuadernados antaño, decoradas cada varios metros por un candelabro y alguna que otra pieza de estatuaria clasicista. Alza la mirada al techo: una pintura al fresco en una opaca bóveda, cientos de demonios arrancando las alas de un tropel de ángeles que huyen despavoridos. Se inclina, temeroso, para ver el fondo de la estancia. Allá, en el centro del último piso, el delicado epicentro de la luminosidad que en un principio atrajo a sus ojos cegados. Casi al trote, baja las hipnóticas escaleras, sin perder de vista la luz y sin dejar de preguntarse cómo se habrán encendido los candelabros. Sacude la cabeza de nuevo, no es momento de hacerse preguntas. 

Extiende la mano, pues hay una fina tela oscura que cubre la luz. La retira. No puede creer lo que ven sus ojos. Se gira. Parece que la sensación de estar siendo perseguido no era infundada. Respira del hálito de su persecutor, quien sonríe con avidez y satisfacción. Todo se ha acabado ahora, y el secreto de los Smirnov permanecerá oculto bajo el manto de la oscuridad.

2 comentarios:

  1. Muy bonito si señorita!! Un placer leer tus textos Emily!!

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    1. Muchas gracias, querido Jesús :) Espero seguir viéndote por estos lares!

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