viernes, 5 de abril de 2013

Mi camelia.

La flor que me regalaste está muerta. Poco a poco se ha ido marchitando, y el rosa pálido se ha convertido en un triste marrón seco, el terciopelo es ahora papiro entre mis dedos, y las lágrimas de rocío no son más que recuerdos de antaño. Cada mañana la tomo entre mis manos y la miro largo rato, sin dejar de sonreír, pues su hermosura sigue siendo la misma. Yo también puedo ver el cambio, puedo apreciar la decadencia, la vejez que adquiere, lo decrépita que está cada día. Y sin embargo cada mañana se muestra más resplandeciente. Pues ¿no es la edad la propia fuente de riqueza espiritual? Y ¿no es mi flor una muestra, aun marchitándose y muriendo aquí, sobre mi regazo, ante mis ojos de niña inocente e inexperta, del amor que te llevó a cortarla de aquel nido de camelias para sacarme una sonrisa y un beso? 

Mi camelia, estando más muerta que viva, siendo su aspecto la difuminada sombra de su tierna juventud, habiéndose convertido en la camelia, y no en una camelia más, es ahora la más bonita de cuantas he visto.

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