sábado, 24 de agosto de 2013

Adiós a la primavera.

Se marchó de la escuela como la flor más hermosa, la más bonita que había visto. Acababa de florecer, apenas teníamos dieciséis años, pero era para mí la única flor por la que merecía la pena alabar la primavera. La guerra estalló, y tuvo que volver a casa, con su familia. Mi mundo se volvió gris, plano, aburrido. Incluso cuando la guerra acabó, seguí sintiéndolo todo más oscuro de lo habitual.

Pero, un día, me enteré de algo: toda su familia fue perseguida durante la guerra, toda su familia fue condenada, y nadie sabía qué había sido de ella. Un nudo se estrechó alrededor de mi corazón, ¿y si ella también había muerto? ¿Y si ahora no era más que un cadáver tieso en el gran panteón de su estirpe? No, dice otra voz, una voz que afirma que no la condenaron porque no había nada en su contra. Me relajo. Al menos, está viva.

Poco después, vuelve a la escuela. Reaparece, sigilosa, sin llamar la atención, aunque todos la miran porque saben lo que su familia ha hecho. Lo que ayer resultaba respetable, hoy se ha convertido en una vergüenza. Me enfurece, no quiero que la miren así. No quiero que la miren de ningún modo. Y, entonces, volvemos a encontrarnos. Mis ojos se clavan en los suyos, pero yo soy invisible para ella. Por lo que parece, todo es invisible. No es, ni de lejos, la flor que era cuando se fue. No hay sonrojo en sus mejillas, ni brillo en sus ojos, y apostaría por la languidez de sus sistemáticos movimientos que tampoco queda sangre en sus venas. ¿Y ahora... ya no volveré a ver la primavera?



Otoño, me he puesto a fantasear y me ha salido esto. Hay que ver lo que me inspiras.

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