sábado, 31 de agosto de 2013

El país de los esqueletos.

Un infinito manto celestial se extendía a lo largo y a lo ancho sobre su cabeza, una eterna blancura sin manchas, virgen, impoluta. Un cielo irreal, una cúpula nevada, sin astros, sin nubes, sin aves o luces. Sus ojos no lograban abarcar la impoluta esencia, no podían comprender lo impecable de aquel manto. Se puso en pie sobre sus frágiles piernas huesudas, la guerra no había traído demasiados alimentos a casa, y tanto ella como sus siete hermanos y hermanas parecían sílfides de caras lánguidas y expresión vacía, sirvientes de un padre que ama la guerra sobre la paz, que no puede ver más allá de su fe. Un monstruo, le gustaba llamarle, aunque en silencio para que mamá no la castigase. ¿Dónde estoy? -Se preguntaba la pequeña- ¿Y cómo he llegado aquí? Su voz salía e inundaba el silencio del páramo, pero su boca no se movía, sus labios no se despegaban, y sus ojos seguían sin entender. 


Caminó, al principio unos metros, se detuvo y observó, pero nada hallaba que su curiosidad satisficiese. Siguió caminando, esta vez sin pensar, sin buscar, sin meditar, y recorrió millas de árida tierra negra como el carbón de la mina donde sus hermanos mayores trabajaban. Y no se cansaba la pequeña Meredith, no se cansaba porque no pensaba, y no pensaba porque no se detenía a descansar. Paseaba y nada más. 

Poco a poco, su piel se fue clareando hasta tener el mismo color del cielo. ¿Cielo? ¿Puede ser cielo algo que no es azul y donde no hay sol o estrellas? Sus débiles y estropeados mechones de cabello oscuro ondeaban sin haber viento, sin sentir brisa alguna, y por alguna razón esto le sentaba bien. Su vestido, un trapo viejo y raído que mamá decía que era blanco, parecía bajo aquel manto un sucio paño de cocina, mugriento, amarillento... No blanco. Y esto la entristeció, porque no sabía mucho del mundo, pero los colores sí, y lo que le habían dicho que era blanco no lo era. ¿Sin colores hay mundo? ¿Hay algo sin mí? Sus ojos del color del cielo, o al menos del cielo que ella conocía, se oscurecieron, se secaron, se volvieron dos gemas muertas de ébano y ónice, pero no se sintió por ello más vacía. 

Una inquietante tranquilidad seguía invadiendo su pequeño corazón, y lo agradeció de veras, porque de este modo no sentía frío o calor, ni miedo o alegría. Todo lo que veía era su mundo, y todo su pequeño mundo se reducía a dar largos paseos libres de muerte, de sangre, de dolor. Ya no vería al resto de su familia pelearse por un mendrugo de pan, ni a mamá siendo aplastada y zarandeada por el orondo cuerpo de papá en el destartalado lecho matrimonial. En aquel lugar extraño donde todo, incluida ella, estaba teñido de blanco y de negro, no pasaban carros llenos de gente dormida que no despertaba, ni soldados que caminaban en eses tras beber junto a papá en la taberna. No vería cómo sus vecinas, aquellas doncellas tan hermosas que se parecían a las princesas de los cuentos que mamá inventaba para ella, eran obligadas por los soldados a hacer cosas que mamá siempre le impedía ver tapándole los ojos con la mano. Y con aquella boca que era incapaz de abrir, sonrió al blanco infinito. 

Lo que Meredith no sabía era que podría pasear siempre por aquel mundo sin luz, pero también sin sombras, porque su cuerpecito cayó víctima de unas peligrosas fiebres y, tras cerrar los ojos cuando la voz de su mamá terminó de contarle un cuento, no los volvió a abrir. Y su espíritu, que ningún mal concebía o comprendía, quedó atrapado en el libro para siempre, otorgando a la pequeña Meredith siglos, siglos y siglos de paz en el país de los esqueletos.

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