domingo, 14 de diciembre de 2014

Ráfagas al cielo

Tal vez fue la frialdad del impacto o el temblor en la voz lacrimógena que me lo contó, pero hoy hace cuatro meses que te has ido y todavía no he sido capaz de decir una palabra al respecto. Fue injusto. Lo es. Lo será siempre. Que la muerte es una fase de la vida lo sabemos todos, y que está donde menos te lo esperas también, pero no por eso su sabor es menos amargo ni hace que la sed de explicaciones deje de revolotear sobre nuestras cabezas. Nada de esto funciona así, no en este caso.

Supongo que allá donde estés, enfundado en cuero y quemando neumático sobre infinitos océanos de asfalto, te preguntarás por qué yo, precisamente yo, me siento traicionada por el Deus ex machina del teatro que es la vida, sea cual fuere su nombre. Ni siquiera te conocía, es cierto. No tuve el inmenso placer de conocerte. Pero créeme si te digo que me habría encantado, pues todavía a día de hoy tengo mucho que agradecerte.


Gracias por comprenderla. Tú le devolviste las alas que el tiempo y el desgaste le robaron, le demostraste que los sueños no son meras fantasías.

Gracias por escucharla, por haberla conocido. Yo lo sé bien, vale la pena conocerla de verdad. 

Gracias por haber visto en ella el lado bueno de unas virtudes que las circunstancias han retorcido. No sabes cuántas veces he suspirado aliviada  porque sabía que no estaría sola, aunque no lo estará nunca. Tu presencia, tu simple existencia, era un consuelo. 

No es fácil cambiar las tornas, y preocuparte por una madre lo que ella se ha preocupado desde el día de tu nacimiento. No es fácil, pero es un seguro que te dice que tendrás una amiga de por vida. Y cuando esa amiga sufre, llora, y pierde después de haber luchado y haber caído incontables veces, tú sufres diez veces más. Porque no puedes hacer nada contra el caprichoso azar, y mucho menos contra la imponente guadaña de la parca. 

Pero esto que cuento no es nada nuevo, no es nada que otros humanos no han vivido, no es nada que no se pueda superar. La muerte es una nube más, quizá la más tormentosa, pero una nube al fin y al cabo en el cielo sobre nuestras cabezas. No es nada malo, las cosas que implican dolor no siempre son malas, y de todo se debe aprender una lección, por pequeña y cruel que sea. La razón que me ha traído hoy aquí es ese sabor amargo del que hablaba al principio. La literatura es mi enfermedad, la necesidad de escribir es mi único vicio, y aquel 14 de agosto, cuando supe de tu partida, mi mundo se rompió un poquito. No porque nos uniese un fuerte vínculo, sino porque nos unía una persona muy fuerte. No por sentimientos encontrados, sino por asperezas emocionales. Todos nos necesitamos en cierto modo, y necesitamos de otros para que aquellos a quienes amamos sigan en pie. Y cuando un pilar como tú, que fue capaz de levantar y sostener uno de los pocos tesoros que llevo desde que vine al mundo, se derrumbó, mi alma quiso llorar, pero mi mente no se lo permitió. Hoy, no he podido más. Ella sigue recordándote, y somos tantos los que seguimos haciendo que me pregunto hasta cuándo dolerá eso, y en qué momento se cerrará la herida, dejando tras de sí una historia que contar en cada tarde de café. Y sin embargo, pesan más las cosas importantes, los buenos recuerdos, y es por eso que hoy, aliviada y sonriente, vengo aquí. Hoy, 14 de diciembre del año 2014, he encontrado la calma y el valor para despedirme de alguien a quien nunca pude decir hola; hoy tengo la determinación para decir adiós. Ráfagas al cielo.

Requiescat in pace

2 comentarios:

  1. No he podido evitar soltar una lagrimilla. Sé que ni en mil vidas podré sentir lo que tú, y menos todavía lo que ella; pero aquel día, muchos hemos llorado, y los que lo hemos hecho, sabemos el por qué.

    R.I.P.

    Mrs Byron

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, mi dulce Otoño. No sé si habría salido del mar de lágrimas de no ser por ti. Y no sé si alguien me entendería como tú lo haces.

      Un frío beso

      Emily

      Eliminar