jueves, 13 de septiembre de 2012

Los demonios del archiduque.

Voces, murmullos guturales y gritos ahogados en la lejanía de la noche.

Unas amenazadoras nubes de tormenta decoran la cúpula celeste, evitando que los dioses controlen como antaño el destino de los hombres.

La espesa neblina blanca se desliza entre los tobillos de los aldeanos, tan densa que borra sus pies del campo visual.

Sobre los esqueletos desnudos de los árboles, apoyados en esas ramas semejantes a tétricas garras de demonio infernal, cientos de cuervos observan, con sus ojos de ónice, cada movimiento y cada segundo en aquella tierra alejada de cualquier otro lugar.

Una extensa llanura yerma rodea el pequeño pueblo, en el horizonte de la cual, demasiado cercano para ser el final, crece el bosque no muerto de negros troncos retorcidos, hogar de las aves de los malos presagios.


Un aullido aquí, un bramido de tempestad más allá, los muros del castillo comienzan a temblar.
En su interior, el asustado archiduque se estremece, revestido en su batín de alta costura. 

-¿A qué tanta furia de los dioses? -Se pregunta.

Ya no recuerda la regla incumplida, ya no recuerda la promesa ignorada.

Y ahora, todo se vuelve en su contra. La naturaleza se manifiesta en forma de oscuro castigo, pero el asustado archiduque no está preparado para morir.

-Todavía no -Murmura, aterrado, sosteniendo un rosario entre sus temblorosas manos-, podemos hacer otro trato.

-Es tarde -Dice una voz en su cabeza-, no nos fiamos de la nobleza.

-¡Pero yo no soy noble! -Gimotea- ¡Tan sólo un pobre con algo de suerte! ¡Que baje aquí quien controle el cotarro, que baje y lo vea!

-Calla, sucio humano -Responde la voz, encolerizada-, no nos gustan las patrañas ni la mentira rizada.

-¡No son falacias lo que digo! ¡Escuchadme, amigo!

-¿Amigo? -Un soplido procedente del fuego encendido en la chimenea, el aliento del mismísimo demonio, quiso jurar, removió la sala entera, abajo los muebles y haca atrás su cabellera. -Ahora vas a saber cuál es el precio por mentir, descarado.

-¿Y qué hay de lo acordado?

-¡Eso quisiera saber yo! -Exige la carrasposa voz desde el fondo de su mente- Te prometí riqueza a cambio de tus hijos. Tú todo lo has recibido, y a mí nada me has dado.

-No sé cómo pagarte, ya te entregué a mis hijos, sangre de mi sangre.

-¡La sangre es para los vampiros, los demonios queremos carne! -Una macabra risita hizo eco por toda la estancia. El asustado archiduque rezaba con renovada constancia.

Entonces el viento gimió y abrió de golpe y porrazo el ventanal. No te asustes, pensó el archiduque, pronto todo acabará. Una fuerte ventisca, sólo eso y nada más.

Sin embargo, la oscura noche parecía cernirse sobre su palacio, una imponente mansión pagada con el sacrificio de sus pequeños, de apenas tres y siete años. ¡Oh, cuánto los añoraba ahora! Gimoteaba escondido tras su mecedora.

Un nuevo soplo de la maldita chimenea, el fuego prenderá cuanta tela o mueble sea, pero el archiduque ya no estará ahí para verlo. Una sombra tras la cortina, ¿qué pasará ahora? Sobre el hombrecillo se cierne poco a poco, el reloj toca las tres, la tormenta empeora allá en el exterior, todo acaba y no recordarán al asustado archiduque, que no era hombre ni dios.

2 comentarios:

  1. Qué asco me da la codicia, se lo tiene bien merecido el archiduque ese u.u

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    1. Jejejeje La inspiración me vino ayer así, como agua de Mayo.

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