A veces, basta con que algo esté prohibido para que irremediablemente quieras verte envuelta en ello. A veces es suficiente con un susurro, con una carta oculto entre las noticias del día, con un mensaje que se elimina en cuanto lo has leído. A veces, sí, y aquella fue una de esas.
Ni siquiera se lo plantearon. ¿Una película prohibida? ¿Una proyección privada? ¿Una maldición? Les entró la risa tonta cuando, cogidas del brazo, siguieron al selecto grupo que había sido citado en una vieja mansión al noreste de la ciudad. Todos se miraban entre sí como si llevasen antecedentes penales tatuados en la frente, evitaban los ávidos ojos del resto, murmuraban por lo bajo o revisaban la hora con impaciencia. No tuvieron que esperar mucho, una esbelta mujer rubia los condujo a un gran comedor, tan ornamentado que la vista se perdía, tan descuidado que el corazón se les partió. Amanda había estudiado bellas artes y sabía lo que podía llegar a doler ver las paredes desconchadas, los cuadros descoloridos, las cortinas raídas. A pesar de todo se sentaron, como todos, alrededor de una enorme mesa rectangular y esperaron la llegada de un anfitrión que jamás apareció, dejando un asiento vacío a la cabecera y un fantasma misterioso susurrándoles al oído.
La rubia puso en marcha el antiguo proyector, como una locomotora que traquetea al hacer rodar los rollos de celuloide, enganchándolos en un hipnótico movimiento, originando la magia del cine. Ni siquiera fueron conscientes de que la luz había sido apagada, de que las copas habían sido rellenadas con un néctar de color indescifrable, pero no se lo preguntaron, no podían hacerlo. Las imágenes, quemadas, granuladas, con un encantador matiz de antaño, avanzaban; la historia, sin embargo, no. Nada sucedía en la filmación, sólo figuras en tonos grises ejecutando movimientos rítmicos, robóticos, constantes, distantes... La impaciencia comenzó a fluir en el ambiente, a colarse en las narices de los invitados y a invadir sus mentes, sus bocas, sus oídos. Raquel se inclinó hacia Amanda, vaya faena, le dijo, ella pensaba escribir una jugosa reseña de la misteriosa velada y ahora sus dedos se quedarían a dos velas sobre su recién comprado ordenador.
Entonces ocurrió algo extraño. Los metros de película giraban y giraban en las grandes ruedas, el traqueteo no había cesado, pero la imagen no mutaba. Los murmullos se convirtieron en conversaciones de sobremesa, incluso si los platos eran puro atrezzo, y mientras Raquel agudizaba su excelente oído de periodista Amanda entrecerró los ojos, abrió las pupilas y poseyó la imagen. Nada. Y todo. Resultaba tremendamente placentero observar la quietud con la que fotograma tras fotograma la chica se mantenía flotando en el columpio de un elegante jardín. Todas las líneas se difuminan en lo contaminado del celuloide, todas menos las grandes pupilas, tan intensas, tan vivas al clavarse en las suyas propias.
Pestañeó, sin embargo. A su alrededor los asistentes protestaban y exigían una explicación. ¿Dónde estaba el misterio? ¿Dónde la exclusividad? ¿Dónde el anfitrión que no ocupaba su silla, que no regalaba palabras de bienvenida, que no embellecía la destartalada belleza de la casa con un emperifollado discurso? La mujer rubia se disculpó antes de salir, cerrando la puerta de doble hoja tras de sí. Nadie había detenido la película, advirtió Raquel. Claro que, añadió, en realidad no importaba mucho.
Las discusiones y protestas entre los asistentes se prolongaron durante minutos, las agujas del reloj estaban a punto de dar una vuelta completa cuando la mujer regresó y les anunció que el anfitrión esperaba al final del pasillo, en su despacho. Amanda se giró y observó a Raquel, que parecía buscar la respuesta a todas las preguntas en el fondo de su copa vacía. No sé por qué se van si el misterio está aquí, dijo sin más, girando la copa como quien busca todas las combinaciones dentro de un caleidoscopio. Amanda bebió también, de nuevo con la mirada fija en la imagen. La gracia del invento era captar el movimiento. Entonces, ¿cómo o por qué o quién o...?
La sala estaba, de pronto, vacía. Sólo Raquel, la niña y ella. Sólo la niña y ella. Sólo la niña, la niña proyectada en la tela blanca, la niña de pupilas vivas y definidas. Sonrió. Al anfitrión le gustaría. ¿Qué?
Cerró los ojos. Los párpados le pesaban tanto que le costó volver a abrirlos, pero lo hizo igual que al despertar de un buen sueño. De nuevo, sonrió, sonreía al vacío, a la pura nada, porque había algo en aquella sala que la hacía inmensamente feliz. Los cortinajes raídos, las polvorientas alfombras, las deslustradas pinturas, las oxidadas lámparas. No. Los delicados tapices, las sutiles molduras, la tracería en las ventanas, la colorida musivaria...
Raquel bailaba por la sala, descalza, con el pelo suelto y la falda ondeante. ¡Es la eternidad! Canturreaba. ¡Es un sueño que nunca acaba! Riéndose, Amanda se levantó de un salto, agarró las manos de su amiga y danzó junto a ella, junto a la niña, a la siempre niña de pupilas vivas. Y ninguna escuchó las puertas abrirse, ni las sillas moverse, ni las voces de sus anfitriones entre canción imaginaria e inventada melodía.
— Al fin, amigos, al fin. La Diosa nos ha enviado sus Estrellas.
La rubia puso en marcha el antiguo proyector, como una locomotora que traquetea al hacer rodar los rollos de celuloide, enganchándolos en un hipnótico movimiento, originando la magia del cine. Ni siquiera fueron conscientes de que la luz había sido apagada, de que las copas habían sido rellenadas con un néctar de color indescifrable, pero no se lo preguntaron, no podían hacerlo. Las imágenes, quemadas, granuladas, con un encantador matiz de antaño, avanzaban; la historia, sin embargo, no. Nada sucedía en la filmación, sólo figuras en tonos grises ejecutando movimientos rítmicos, robóticos, constantes, distantes... La impaciencia comenzó a fluir en el ambiente, a colarse en las narices de los invitados y a invadir sus mentes, sus bocas, sus oídos. Raquel se inclinó hacia Amanda, vaya faena, le dijo, ella pensaba escribir una jugosa reseña de la misteriosa velada y ahora sus dedos se quedarían a dos velas sobre su recién comprado ordenador.
Entonces ocurrió algo extraño. Los metros de película giraban y giraban en las grandes ruedas, el traqueteo no había cesado, pero la imagen no mutaba. Los murmullos se convirtieron en conversaciones de sobremesa, incluso si los platos eran puro atrezzo, y mientras Raquel agudizaba su excelente oído de periodista Amanda entrecerró los ojos, abrió las pupilas y poseyó la imagen. Nada. Y todo. Resultaba tremendamente placentero observar la quietud con la que fotograma tras fotograma la chica se mantenía flotando en el columpio de un elegante jardín. Todas las líneas se difuminan en lo contaminado del celuloide, todas menos las grandes pupilas, tan intensas, tan vivas al clavarse en las suyas propias.
Pestañeó, sin embargo. A su alrededor los asistentes protestaban y exigían una explicación. ¿Dónde estaba el misterio? ¿Dónde la exclusividad? ¿Dónde el anfitrión que no ocupaba su silla, que no regalaba palabras de bienvenida, que no embellecía la destartalada belleza de la casa con un emperifollado discurso? La mujer rubia se disculpó antes de salir, cerrando la puerta de doble hoja tras de sí. Nadie había detenido la película, advirtió Raquel. Claro que, añadió, en realidad no importaba mucho.
Las discusiones y protestas entre los asistentes se prolongaron durante minutos, las agujas del reloj estaban a punto de dar una vuelta completa cuando la mujer regresó y les anunció que el anfitrión esperaba al final del pasillo, en su despacho. Amanda se giró y observó a Raquel, que parecía buscar la respuesta a todas las preguntas en el fondo de su copa vacía. No sé por qué se van si el misterio está aquí, dijo sin más, girando la copa como quien busca todas las combinaciones dentro de un caleidoscopio. Amanda bebió también, de nuevo con la mirada fija en la imagen. La gracia del invento era captar el movimiento. Entonces, ¿cómo o por qué o quién o...?
La sala estaba, de pronto, vacía. Sólo Raquel, la niña y ella. Sólo la niña y ella. Sólo la niña, la niña proyectada en la tela blanca, la niña de pupilas vivas y definidas. Sonrió. Al anfitrión le gustaría. ¿Qué?
Cerró los ojos. Los párpados le pesaban tanto que le costó volver a abrirlos, pero lo hizo igual que al despertar de un buen sueño. De nuevo, sonrió, sonreía al vacío, a la pura nada, porque había algo en aquella sala que la hacía inmensamente feliz. Los cortinajes raídos, las polvorientas alfombras, las deslustradas pinturas, las oxidadas lámparas. No. Los delicados tapices, las sutiles molduras, la tracería en las ventanas, la colorida musivaria...
Raquel bailaba por la sala, descalza, con el pelo suelto y la falda ondeante. ¡Es la eternidad! Canturreaba. ¡Es un sueño que nunca acaba! Riéndose, Amanda se levantó de un salto, agarró las manos de su amiga y danzó junto a ella, junto a la niña, a la siempre niña de pupilas vivas. Y ninguna escuchó las puertas abrirse, ni las sillas moverse, ni las voces de sus anfitriones entre canción imaginaria e inventada melodía.
— Al fin, amigos, al fin. La Diosa nos ha enviado sus Estrellas.
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